Una sombra en la aljama

USELA_Portada

Sinopsis

El amor es lo único que no te obliga a ser lo que otros han decidido.

Para sacar adelante este amor hay que pagar un alto precio, pues María es cristiana y ladrona y Enoc, judío y médico. Se conocen de manera fortuita cuando María, tras robarle, se ve necesitada de un médico, acude a él sin saber que ha sido la víctima de su hurto y llegan a un acuerdo: ella le ayudará con sus pacientes hasta pagar su falta y conseguir que opere a una persona muy querida. Pero el resto del mundo no ve con buenos ojos la relación de un judío con una cristiana, y así se ven obligados a buscar un nuevo amanecer.

Información

Editorial:
Fecha de publicación:
ISBN:
05/10/2017
9788491701958

Cómo adquirir el libro en formato digital

Principio de la novela

 


Una sombra en la aljama


Capítulo 1


Escogió a su víctima enseguida. Era un hombre joven, bien vestido y tocado con una kipá. Llevaba un buen rato paseándose por la calle de la Cuchillería, examinando diferentes puestos sin llegar a comprar nada.

María lo seguía a una distancia prudencial, mezclándose con la gente mientras analizaba cada detalle de su presa: las espaldas anchas, las manos grandes, el pelo largo y rizado, el semblante pensativo... Tenía que formarse una idea aproximada de su personalidad antes de atacar; esta vez, sin embargo, le llevó más tiempo de lo normal.

Finalmente, llegó a la conclusión de que se trataba de un judío de buena familia que había ido a comprar un cuchillo especial. De lo contrario, ¿por qué iba a salir de la aljama? Con un poco de suerte, estaría demasiado concentrado en su tarea como para adivinar las intenciones de María.

Si no, en el peor de los casos, la muchacha podía correr. Era ágil como una gata; antes de que el hombre se diese cuenta, habría desaparecido por algún callejón.

Ajeno a lo que sucedía alrededor, el joven se detuvo junto al puesto de Pedro. En la calle de la Cuchillería se vendían dagas, puñales y estiletes, así como utensilios domésticos de distinta clase; pero también había puestos de comida y bebida. Pedro vendía cebada; en ese momento, precisamente, estaba trucando la balanza mientras distraía a un cliente incauto. Mientras tanto, se las arregló para intercambiar una mirada cómplice con María.

Ella captó el mensaje: todo estaba despejado.

Era el momento de actuar.

La muchacha caminó con aire inocente hacia su víctima. Con las manos en la espalda, se inclinaba sobre las mercancías y las contemplaba con aire crítico, ya fuesen sacos de grano o vainas de cuero. Al mismo tiempo, vigilaba la bolsa que el joven llevaba colgada del cinto. El cordón no parecía muy grueso.

Cuando estuvo a menos de diez pulgadas de él, oyó que Pedro exclamaba:

—¿Queréis probar mi cerveza, señor? No encontraréis otra mejor en toda la parroquia de San Salvador..., ¡qué digo!, en toda Zaragoza. Mi cerveza sube el ánimo, agudiza el ingenio y calienta el cuerpo y el alma...

Mientras Pedro parloteaba, María se sacó el cuchillo de la manga y cortó discretamente el cordón de la bolsa, que cayó al suelo con un ruido sordo. La muchacha la empujó con su pie descalzo para ocultarla bajo el puesto; en cuanto el joven se alejara, se apoderaría de ella.

O eso pretendía hacer. Porque entonces las cosas se pusieron feas.

—Muy bien, mercader —dijo el joven judío—, dadme un poco de cerveza, a ver si es tan buena como decís.

María sintió que se le aceleraba el pulso. Si aquel hombre se llevaba la mano a la bolsa y descubría que se la habían robado...

No, no podía permitirlo.

Siguiendo un impulso, la muchacha se precipitó sobre él.

—¡Oh...!

El joven la sujetó por los brazos. Durante un instante, su mirada se encontró con la de María; tenía los ojos grandes, oscuros e inteligentes.

La chica tuvo que adoptar su mejor aire de disculpa.

—Perdonad, señor, he tropezado —tartamudeó—. Lo lamento mucho.

El hombre hizo un gesto para restarle importancia al asunto. María deseó fervientemente que olvidara la cerveza de Pedro. ¡Estúpido Pedro! ¡El plan era distraer a su víctima, no persuadirla de que comprara!

La muchacha fingió timidez y agachó la cabeza. En cuanto el joven se separó de ella y dejó de prestarle atención, volvió a meter el pie debajo del puesto de Pedro y palpó la bolsa con cautela.

Entonces sucedió.

—Un momento...

Era la voz del hombre.

María decidió no esperar a averiguar si la habían descubierto con las manos en la masa: con movimientos firmes, se hizo con la bolsa y echó a correr en dirección opuesta.

—¡Eh! —oyó gritar al joven.

Ella ya estaba doblando la esquina. No oía pasos ni jadeos a sus espaldas; su víctima no se había tomado la molestia de seguirla.

María sabía que lo más prudente era esfumarse de inmediato. Pero no pudo resistir la perversa tentación de mirar al joven por encima del hombro mientras hacía tintinear su bolsa.

—¡Gracias! —se burló.

Él debió de mirarla con furia. Pero, para entonces, María ya había emprendido la huida hacia la calle de los Predicadores.


Capítulo 2


La Iglesia de los Predicadores era un edificio de piedra negruzca y húmeda. A María le gustaba: desde que era una niña, los lugares oscuros le hacían sentirse cómoda. A salvo.

Se detuvo en la entrada, donde los mendigos se encorvaban frente a sus sombreros, y abrió la bolsa que le había robado al joven judío. Extrajo de ella un real de plata y se lo guardó en la manga; el resto del contenido lo vació a los pies de los mendigos.

Un anciano llamado Johan preguntó:

—¿De dónde has sacado esto, María?

María esbozó una sonrisa pícara.

—Un hombre me lo ha dado.

—Ya lo dudo.

—No he dicho que me lo haya dado voluntariamente.

Johan le dirigió una mirada de reproche, pero se apoderó de una parte del botín y lo metió bajo su saya mugrienta.

—No se lo cuentes a Catalina, ¿eh? —le advirtió—. Ya sabes lo que dice...

—Sí, lo sé: prefiere darnos limosna que enterarse de que robamos —suspiró María—. Intentemos que no se entere, entonces.

Johan le guiñó un ojo legañoso. María giró sobre sus talones y se internó en la penumbra de la iglesia.

La paja que cubría el suelo crujió con los pasos de la muchacha. La Iglesia de los Predicadores estaba llena de fieles que rezaban en silencio..., pero también de gentes ociosas que cuchicheaban, hacían tratos o se toqueteaban aprovechando la escasa luz. Cuando pasó por delante de dos hombres de mediana edad, vio claramente cómo estrechaban sus manos en señal de acuerdo.

Localizó a Catalina en un rincón. La mujer estaba inclinada sobre una tabla de madera a medio pintar; llevaba un pincel en la mano y sujetaba otro entre los dientes, y tenía los ojos tan entornados que parecían dos líneas azules. Una vela de sebo ardía a sus pies, envolviendo su cabeza en un aura de oro y luz.

María se detuvo tras ella y contempló la tabla en silencio. Catalina estaba pintando el abrazo de santa Ana y san Joaquín, uno de sus motivos preferidos. Poco a poco, los dos bultos redondos de los protagonistas iban convirtiéndose en figuras humanas: María ya podía distinguir el velo de santa Ana y la barba de san Joaquín, y la graciosa inclinación de sus cuerpos, que apenas se rozaban.

No obstante, detectó algunos errores impropios de Catalina: por ejemplo, el brazo de santa Ana estaba torcido en una posición extraña y la cabeza de san Joaquín era anormalmente grande en comparación con el tamaño de su cuerpo.

Catalina escupió uno de los pinceles, se frotó los ojos y se recolocó el velo con un suspiro. Las mujeres maduras solían cubrirse la cabeza, sobre todo, cuando visitaban la iglesia; de las más jóvenes se esperaba que, si se consideraban modestas, llevaran alguna clase de recogido.

María sacudió su melena enmarañada. Ella no pensaba llevar velo ni trenzarse el pelo: ni estaba casada ni se consideraba modesta en absoluto. Que la confundiesen con una prostituta sería el menor de sus problemas.

Por fin, Catalina se dirigió a ella:

—Hola, tesoro. Me alegro de verte.

A María le dio un vuelco el corazón. Probablemente, Catalina era la única persona decente en el mundo que se alegraba de verla, y no terminaba de acostumbrarse. Entre los amigos de María se incluían gentes de la peor calaña, desde Pedro, el comerciante que trucaba los pesos y medidas, hasta Johan, que había sido un pícaro y un ladronzuelo hasta que la edad y la incipiente cojera le obligaron a mendigar. María había aprendido algunos de sus mejores trucos de Pedro y Johan; de Catalina, sin embargo, había aprendido otras cosas. Cosas que, en el fondo, le hacían desear ir al Cielo con ella. Aunque lo tuviese un poco complicado, dadas sus..., eh..., ocupaciones.

Por si acaso, se santiguó ante la tosca talla de la virgen María, que reposaba en un pilar a escasa distancia del rincón de Catalina.

La mujer siguió el recorrido de su mirada.

—¿Ya le has rezado a María?

—Un poco —murmuró ella.

—Yo he dejado un exvoto en la Iglesia de Santa Engracia esta misma mañana. Espero que sirva de algo.

—¿Cómo van tus ojos?

La expresión de Catalina fue de lo más elocuente. María apenas podía distinguir ya el color de sus iris bajo la niebla que se había extendido por ellos.

Se le encogió el estómago. Si Catalina se quedaba ciega...

—No sé qué voy a hacer —dijo la mujer en voz alta. A veces, parecía adivinar los pensamientos de María—, pero aún no voy a preocuparme por eso. Cuando lleguemos al río, cruzaremos el puente, ¿verdad?

María le dio la razón. Catalina guardó sus útiles y dejó la tabla reposando en una esquina, pero se detuvo a medio camino de la puerta con aire suspicaz.

—¿Qué están haciendo esos dos? —le preguntó a María.

—Negociar. Los he visto al entrar.

—¿Y no les has dicho nada?

—Si quieres, me disfrazo de Jesucristo y expulso a los mercaderes del templo...

—María... —El tono de Catalina era de advertencia.

—Admite que me sentaría bien la barba.

—¡María! —La mujer frunció el ceño—. Esa lengua te llevará a la cárcel o al cementerio.

—De momento, me ha llevado a sitios más interesantes. Tabernas, por ejemplo.

—No tienes remedio...

Catalina la cogió del brazo y salieron juntas a la calle de los Predicadores. Al cruzar la puerta de la iglesia, Johan y los mendigos se despidieron de María de forma entusiasta.

María adoptó un aire cándido, pero no le sirvió de mucho.

—A mí no intentes engañarme —dijo Catalina con tono severo—, soy demasiado vieja.

—No sé de qué me hablas.

—María, te lo tengo dicho: si necesitas dinero, yo te lo doy. No quiero que lo consigas con malas artes.

—Te lo agradezco mucho —respondió María con sinceridad—, pero no puedo vivir de tu limosna. —Señaló a Johan y a los demás con la cabeza—. Ni siquiera ellos pueden. No se puede vivir en deuda con el resto.

—Conmigo no tenéis ninguna deuda, no soy una usurera.

—No es una deuda material, sino moral.

—¿Moral?

—Hasta los ladrones tenemos de eso —dijo María con una breve sonrisa—. Por mucho que te apreciemos, Catalina, no podemos vivir de tu caridad. Además, ¿no te parece injusto? ¡Tanta gente pasando hambre y unos pocos acumulando dinero y riquezas sin parar! Si yo fuese rica, no podría vivir con semejante peso en la conciencia.

—Tú nunca serás rica, tesoro: los reales escapan a puñados entre tus dedos como si fuesen el agua de un arroyo. Tan pronto como tocas algo de dinero, te desprendes de él.

—Y así vivo en paz conmigo misma.

—No quieras vivir demasiado en paz, ¡no vaya a ser que te lleven presa!

María resopló.

—Antes tendrán que atraparme.

La muchacha cogió las agrietadas manos de su amiga. Los dedos de Catalina eran cortos y regordetes; los de María, largos y hábiles.

—Confía en mí —murmuró la chica—, sé cuidar de mí misma.

—No lo dudo.

María le besó la frente a Catalina y le soltó las manos.

—¡Volveré a verte pronto! —se despidió.

—Eso espero.

—¡Adiós, María! —le gritó Johan desde la puerta de la iglesia.

La joven sonrió y emprendió el camino de regreso a su parroquia desde la calle de los Predicadores. Al doblar la esquina, el ritmo de un pandero se mezcló con los gritos de un orador:

—Se avecinan nuevos tiempos, ¡ya lo veréis! ¡Tiempos libres de herejía y superstición! ¡Aquellos que no temen a Dios recibirán su castigo! ¡El Santo Oficio nos vigila a todos...!

María se reprimió para no patear el tonel al que el predicador se había encaramado y pasó de largo. Ella tenía su propia opinión acerca del Tribunal del Santo Oficio, pero sabía que no era prudente expresarla en voz alta.

En cualquier caso, tenía otros asuntos por los que preocuparse. Como la pérdida de visión de Catalina. Si la mujer dejaba de pintar, ¿cómo se ganaría la vida? Y lo más importante: ¿cómo lo soportaría? Catalina amaba sus pinturas, ponía en cada una de ellas una pequeña parte de su alma.

Pero a María no se le ocurría ninguna solución. Ella misma sabía poner cataplasmas de arcilla en las heridas y entablillar huesos rotos, pero devolver la vista a una persona que se estaba quedando ciega le parecía más obra de santos que de médicos.

Así que, a falta de algo mejor que hacer, decidió mitigar su inquietud con una copa de vino barato.


Si quieres seguir leyendo...