Sobre los puentes de París

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Sinopsis

Todos en París han oído hablar del famoso duelista Léonide de La Rochelle, pero casi nadie sabe que se trata de una mujer. Entrenada por un mosquetero retirado, Léonide se propone capturar a le Renard Noir, el criminal que siembra el terror en la ciudad nocturna; pero sus planes se truncan cuando se ve obligada a enseñar esgrima a Valérian, el arrogante hijo de un aristócrata.

Mientras trata de convertir al chico en un héroe, Léonide se verá involucrada en una lucha de poder que podría costarle la vida.

Información

Editorial:
Fecha de publicación:
País de publicación:
Formato:
ISBN:
HarperCollins Ibérica
05/04/2018
Internacional
Digital
9788491881902

Cómo adquirir el libro

Han dicho de esta historia...

"

En pocas palabras, una novela de aventuras que entretiene mucho y le da una vuelta a esas novelas de caballeros y damiselas que estamos acostumbrad@s a leer normalmente

Reseña en el blog TIEMPO LIBRO

Principio de la novela

 


Sobre los puentes de París


Mala noche para batirse


París, 1635

Había algo en el ambiente. Susurros, medias palabras, conversaciones que se detenían bruscamente. Expectación. El hombre tuerto llevaba demasiado tiempo patrullando las calles de París como para no reconocer la calma que precede a la tempestad; quizá por eso sus botas de mosquetero le condujeron hacia el Jardín de las Tullerías, pasada ya la hostería Pot d’Or, en busca de la pequeña arboleda en la que los duelistas se citaban a espaldas de las autoridades.

Tal y como sospechaba, ya había una veintena de personas apiñadas alrededor de dos candiles. Los que estaban más atrás estiraban el cuello para no perderse la diversión; el hombre tuerto se abrió paso a codazos hasta llegar a la primera fila.

—Mala noche para batirse en duelo —dijo en voz alta.

Una muchacha que estaba a su lado se giró para mirarle. La luna creciente iluminó su cara, redonda y morena, y se reflejó en sus grandes ojos oscuros.

—No han querido esperar a la luna nueva, señor —respondió con garbo.

Después se recolocó el mantón. Iba vestida con harapos, pero había cierta elegancia en sus movimientos. Aquello llamó la atención del hombre tuerto.

—¿Cómo os llamáis? —le preguntó.

—Fifi Lachance, señor —dijo ella—. Y debéis saber que este duelo es por mí.

Lo decía casi con orgullo. El hombre tuerto dejó de observarla para fijarse en los duelistas: uno de ellos era un joven delgado y bello, sin barba y con la mirada vivaz; el otro, un gentilhombre de cuarenta o cuarenta y cinco años, tocado con boina, cuyo tahalí estaba ostentosamente decorado.

—Un gascón, ¿eh? —musitó el hombre tuerto—. ¿Y quién es el chico?

Fifi Lachance mostró sus dientes de conejo en una sonrisa. Después contestó:

—Léonide de La Rochelle, señor. Habréis escuchado ese nombre antes.

El hombre tuerto gruñó algo ininteligible mientras Léonide se erguía y levantaba el candil con la mano izquierda para dejarlo suspendido detrás de su cabeza. Su diestra aún reposaba en la empuñadura de la espada.

Su rival, el gascón, también estaba listo. Él no sonreía como Léonide; más bien parecía irritado. Y es que era obvio quién de los dos gozaba del favor del público.

—¿Me estáis diciendo que esos hombres van a batirse en duelo por vuestro amor? —inquirió el hombre tuerto.

Era imposible saber si su tono era escéptico o divertido, pero Fifi rio:

—No por mi amor, señor, sino por mi honor. —Contempló al hombre tuerto con un brillo pícaro en la mirada—. Puede que sea pobre como una rata, pero os aseguro que no abriré las piernas para un hombre que no me pida matrimonio... siempre y cuando la suerte esté de parte de Léonide.

En ese instante, los dos contendientes mostraron sus espadas. Y el duelo comenzó.

El hombre tuerto fue siguiendo los movimientos de ambos con interés. Un ligamento lateral, otro semicircular; tal y como esperaba, el gascón hizo un batimiento enseguida; Léonide presionaba, sobre todo, buscando el agotamiento del contrario...

Ras, ras, ras. El metal chocaba. Los candiles oscilaban en el aire. La gente empezaba a murmurar.

El muchacho hizo una finta. Parecía que iba a atacar el pecho del gentilhombre... pero, en vez de eso, retrocedió y dejó que él se desequilibrara.

Entonces hizo algo extraño: soltó el puño de la espada, agarró la hoja y golpeó a su rival en la cara con el arma del revés.

Se oyeron risas entre la multitud, pero fue un gesto temerario: mientras Léonide volvía a empuñar su espada, el gascón tuvo tiempo de atacarle dos veces.

No dio en el blanco, pero no fue por la habilidad de su contrincante, sino porque estaba demasiado enfadado como para calcular bien sus movimientos. Cuando se detuvo para coger aire, Léonide aprovechó para contraatacar... y lo consiguió.

El jubón del gentilhombre se abrió a la altura del hombro. Una rosa de sangre le manchó la pechera mientras los aplausos invadían el Jardín de las Tullerías.

—¡Bravo, Léonide! —aclamó Fifi Lachance.

Rabioso, el gascón arrojó su espada al suelo. Y Léonide habló con voz clara:

—Y ahora, puesto que os he vencido, dejaréis en paz a la joven Fifi Lachance para siempre.

El hombre tuerto reprimió un bostezo. Conocía bien las bravatas de los jóvenes; no es que no las aprobara, pero le aburrían.

No obstante, tenía que admitir que estaba en el lugar indicado. Lo de Léonide había sido una auténtica exhibición... en el mejor y en el peor de los sentidos.

—Léonide de La Rochelle —musitó—. El defensor de las doncellas en apuros.

Fifi Lachance apretó los labios, pero no hizo ningún comentario. El hombre tuerto esperó a que la muchacha abrazara a su héroe y después le hizo una seña a este.

Léonide volvió a levantar el candil para alumbrar la cara del hombre tuerto. Fifi le susurró algo al oído, pero la ignoró; sus ojos claros, que se habían tornado rojos a la luz del fuego, estaban clavados en aquel tipo con botas de mosquetero.

—¿Señor?

Su tono era cordial, pero no servil.

El hombre tuerto le miró de arriba abajo. Llevaba ropa oscura y de baja calidad, con algunos rotos en el jubón y en las calzas. Su tahalí también era de cuero negro, sin adornos.

—¿Sois Léonide de La Rochelle? —ladró.

—Lo soy, señor —respondió el chico—. ¿Y vos? ¿Sois un mosquetero, acaso?

El hombre tuerto levantó la comisura del labio. Era lo más parecido a una sonrisa que se podía obtener de él.

—Lo fui —fue todo lo que dijo.

Léonide levantó la barbilla.

—¿Y qué queréis de mí?

—Conozco vuestro secreto... señor —pronunció esa última palabra con tono burlón.

Léonide abrió los ojos de par en par. Luego los entornó.

—¿Secreto?

—A mí no podéis engañarme —dijo el hombre tuerto—. Dicen que sois el mejor duelista de París, pero no es verdad.

Su interlocutor abrió la boca, seguramente para protestar, pero el hombre se lo impidió:

—No sois el mejor duelista de París: sois la mejor. —Un bufido escapó de su nariz—. Y ya va siendo hora de que tengáis un maestro.

Y, sin decir nada más, echó a andar hacia el Sena. Ni siquiera miró hacia atrás; estaba seguro de que Léonide le seguiría.

Y tenía razón.


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