Libros de playa y estación

Nunca olvidaré aquel viaje familiar a Tenerife. Nuestro vuelo se retrasó y acabamos despegando de madrugada; todo el avión dormía excepto mi padre y yo, que nos quedamos despiertos leyendo. Ahora mismo no recuerdo cuántos años tenía (calculo que unos diez o doce), pero sí el libro que estaba devorando: El campamento del lago maldito, de R. L. Stine. Me lo habían comprado en el aeropuerto porque el que había traído de casa, La casa de la muerte, me lo había acabado mientras cenábamos en la cafetería.

Una de las cosas que agradezco a mi (adorada) familia es que, cuando era pequeña, leía todos los libros que quería. Mi hermana mayor me prestaba sus favoritos (muchos de los cuales se convirtieron también en mis favoritos) y mis padres me animaron a tener mi propia biblioteca. Una biblioteca que pronto se llenó de libros de Enid Blyton, de la colección Pesadillas y, más adelante, de novelas románticas de Victoria Holt. Lo que yo he decidido acuñar como libros de playa y estación. Esos libros que te llevas a todas partes, aunque se estropeen un poco, porque siempre necesitas seguir leyendo un poco más.

Si abres cualquier periódico y buscas reseñas de libros, es poco probable que encuentres alguno de Enid Blyton, R. L. Stine (el autor de la colección Pesadillas) o Victoria Holt. Y, si dices que te gustan en determinados contextos, es posible que recibas sonrisillas condescendientes. (Y ya no digamos si escribes «novelita romántica», pero, como decía mi adorado Michael Ende, «Esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión».) Porque tienes que leer libros «de los buenos» (es decir, de los que les gustan a los señores que escriben en los periódicos o que leen a los señores que escriben en los periódicos).

Antes he empezado a contaros mi historia con El campamento del lago maldito. No termina en ese vuelo a Tenerife, sino alrededor de quince años después, en la biblioteca en la que yo estuve trabajando. Una buena parte de los/as niños/as y adolescentes que venían a por libros lo hacían encantados/as, pero había algunos/as que entraban torciendo el morro y me informaban rápidamente de que «no les gustaba leer». Media hora después, salían con cara de velocidad y una pila de libros de Pesadillas. Y yo me iba a casa tan contenta.

¿Por qué estoy escribiendo este artículo? Pues porque quiero reivindicar esos libros de playa y estación, esas historias que nos han hecho amar la lectura independientemente de su consideración por parte de la Crítica (pongo la mayúscula porque se supone que esa gente es superimportante). Por lo menos, mi vida no sería igual si mi madre (¡mami, guapa, eres la mejor!) no me hubiese dejado sus libros de Victoria Holt para leerlos durante las vacaciones: para empezar, no estaría escribiendo novelas románticas.

Para mí, lo importante de los libros no es que nos hagan más inteligentes, sino más felices. Por eso leo y por eso escribo. Y, cuando alguien me dice que ha sido feliz leyendo alguna de mis novelas, siento que estoy devolviendo un poquito de todo lo que los libros que he leído me han dado a mí. Es un pensamiento tan bonito…

Comments: no replies

Join in: leave your comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.