Hoy se publica A las puertas de Numancia

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Por si alguien siente curiosidad por esta historia, aquí os dejo los primeros capítulos. ¡Espero que os gusten!

¿Os animáis a conocer a Cassia y Leukón?

A las puertas de Numancia


Prólogo


En el año 154 a. C., el Senado romano ordenó el envío de 30.000 legionarios a Hispania. Dirigidos por el cónsul Nobilior, esos hombres iban a llevar a cabo una importante misión: derrotar a los feroces celtíberos, un pueblo bárbaro que se había atrevido a desafiar el poder de Roma.

Los celtíberos, atrincherados en Numancia, se preparaban para el ataque. De ellos se decía que eran los guerreros más violentos de Occidente, y que tenían a los dioses de su parte. Unos dioses antiguos, ocultos, que vivían en los bosques y montañas, en las cascadas y arroyos; unos dioses desconocidos… y temidos por todo el mundo civilizado.

La guerra fue dura.

Y, como todas las guerras, fue cruel.

Pero yo, Cassia Minor, no tendría que haberla padecido. Yo solo era una muchacha romana que vivía en el bullicioso puerto de Ostia. Hija del afamado centurión Cassio Aquila, héroe de la guerra contra Cartago, no tendría que haber sabido nada de los celtíberos…, salvo por las noticias que mi padre nos enviaba desde el frente por medio de un mercader griego llamado Alexis.

Sin embargo, los dioses quisieron que yo viviese la guerra de Hispania en mis propias carnes.

O quizá fue el destino. No lo sé.

En cualquier caso, jamás he olvidado esa guerra. Ni a los hombres y mujeres que participaron en ella.

Uno de ellos fue y sigue siendo el amor de mi vida. Aunque hoy ya no camine sobre la tierra.

Esta es mi historia. Esta es su historia.

Y puede que también sea la historia de muchas otras guerras.


Puerto de Ostia, 154 a. C.


1. Malas noticias


No pretendía espiar, de ninguna manera. Pero al pasar por el atrio escuché mi nombre y no pude evitar detenerme.

–¿Cómo voy a decírselo a Cassia?

Era la voz de mi madre. Estaba hablando con el capitán Alexis, que había venido a visitarnos aprovechando su tarde libre. Yo los había dejado a solas por educación.

–Con sensatez, querida –respondió el capitán–. Ella ya sabe que su padre es centurión, y un centurión no puede abandonar a sus tropas. No ahora que se avecina otra guerra en Hispania.

Aquellas palabras aceleraron mi corazón.

¿Otra guerra?

¿Papá iba a librar otra guerra?

Avancé con cautela. El atrio estaba envuelto en las sombras de la tarde, pero el sol poniente alumbraba las aguas del impluvium, tiñéndolas de oro. Me coloqué junto a nuestro pequeño altar doméstico, cuyo fuego ardía día y noche, y traté de ver la expresión de mi madre a través de la cortinilla de humo.

Ella estaba de pie, sosteniendo una copa de vino que apenas había probado. El capitán Alexis, por su parte, se había reclinado en un diván y mordisqueaba un higo con aire pensativo.

–Él dijo que estaría en la boda de Cassia –suspiró mi madre–. Aseguró que, para entonces, los lusitanos ya estarían bajo control.

–Y lo están –dijo el capitán–. Ese Viriato ha dado muchos problemas, pero los suyos no tienen nada que hacer frente a las legiones romanas.

–¿Entonces?

–Querida, la nueva guerra no es contra los lusitanos, sino contra los celtíberos.

Mi madre ahogó una exclamación de asombro. Yo también lo hice.

Mi padre nos había hablado de los celtíberos: eran un conjunto de tribus salvajes que vivían en la Hispania Ulterior, la zona más agreste de la Península Ibérica. Eran tan fieros que, a su lado, los otros pueblos hispanos parecían gentes civilizadas.

Alexis confirmó mis peores temores:

–Si los rumores son ciertos, Roma nunca se ha enfrentado a un enemigo tan temible.

–Pero ¿por qué ahora? –gimió mi madre–. ¡Cassio nos contó que los celtíberos habían hecho un pacto con Roma!

–Y lo hicieron –asintió el capitán–. El cónsul Graco los convenció. Pero parece que ha habido problemas con una tribu…, los belos, si mal no recuerdo. Por lo visto, querían amurallar su ciudad, Segeda, y eso iba en contra del acuerdo. Uno de sus líderes fue invitado a explicarse en el Senado, pero salió de allí dando gritos…

Un acceso de tos interrumpió su discurso. Tuvo que beber un sorbo de vino antes de concluir:

–Un desastre, vaya. No se puede dialogar con esa gente.

–¿Y qué va a pasar ahora? –inquirió mi madre.

Yo me estaba preguntando lo mismo. Encogida en el atrio, con los ojos fijos en el altar, rezaba a nuestros espíritus protectores, los lares, para que trajesen a mi padre de vuelta lo antes posible.

Nunca había estado en Hispania, pero había escuchado toda clase de historias en el foro. Y ninguna me gustaba.

Quería que papá volviese. Mi boda era lo de menos: quería tenerlo en casa, a salvo.

El capitán Alexis suspiró.

–De momento, el Senado ha enviado al cónsul Nobilior con 30.000 hombres para que impidan la construcción de esa dichosa muralla. Además, nos ha pedido a los mercaderes que llevemos suministros para el ejército. Mi barco zarpa mañana temprano a Ampurias por ese motivo.

–¿Podrás llevarle un mensaje a mi esposo?

–Me temo que no será posible, querida. Tu esposo está en la Hispania Ulterior, y yo no pienso salir de la Citerior. De hecho, pretendo no poner un pie fuera de Ampurias. Tan pronto como haya descargado las mercancías en el puerto, volveré a Ostia y me olvidaré de esas horribles tierras occidentales. No dan más que problemas.

Mi madre se quedó callada. Yo imaginaba que tenía sentimientos encontrados.

Alexis, también.

–Lo lamento, de verdad –añadió él en voz baja–, pero yo no soy un guerrero. No quiero que ningún salvaje melenudo me persiga hasta mi barco, ¿comprendes?

–Comprendo –murmuró mi madre.

Sí. Yo también lo comprendía.

El sol ya se había puesto. El humo del altar ascendía en volutas hacia un cielo púrpura.

«Buena suerte, papá», le deseé mentalmente.

El capitán Alexis se levantó. No era un hombre alto, pero mi madre le llegaba por la barbilla. Yo había heredado de ella la baja estatura y la cara llena de pecas; de mi padre, en cambio, había sacado el pelo liso y los ojos pardos.

El capitán solía decir que papá y yo no parecíamos romanos. Mamá, en cambio, era la viva imagen de la diosa Juno: menuda, rolliza, con los rizos castaños y la boca pequeña y amable.

Me pregunté qué pensaría ella de la guerra contra los celtíberos… y la perspectiva de no volver a ver a su marido.

Me obligué a no pensar en ello.

–Si te sirve de consuelo, querida –le estaba diciendo Alexis a mi madre–, yo sí estaré en la boda de Cassia. El viaje a Hispania solo dura unos días; espero estar de vuelta en breve.

–Gracias, capitán. Eso me alivia.

Escuché la tos de Alexis peligrosamente cerca del atrio y di un paso atrás.

–A propósito…, ¿cómo está esa esclava de tu hija, Melpómene?

Me detuve en seco. Melpómene era griega, como Alexis, y últimamente los dos parecían traerse algo entre manos.

–Enferma –respondió mi madre–. Esas dichosas fiebres…

–Sí, en los puertos están cayendo como moscas –comentó Alexis. Mi madre debió de poner mala cara, porque se apresuró a rectificar–. Pero tu esclava es joven y está bien alimentada. Envíale recuerdos de mi parte. Ya sabes…, somos paisanos.

–Paisanos –repitió mi madre con tono suspicaz–. Claro.

Cuando vi que el capitán se echaba la capa azul por encima del hombro, decidí que había llegado el momento de marcharme. Si me sorprendían husmeando, me metería en un buen lío.

Pero no podía olvidar lo que había escuchado.

Mi padre no volvería de Hispania enseguida. Antes tendría que hacer frente a los guerreros más sanguinarios de Occidente.

Dioses. Era terrible.

Pero no podía hacer nada al respecto. Solo ser una buena hija… y una buena esposa, llegado el momento. Y aguardar su regreso sin perder la esperanza.

Con ese firme propósito, fui al encuentro de Melpómene.


2. Lazos de sangre


Melpómene estaba tosiendo cuando entré en la habitación.

–¡Ama! –exclamó, apurada–. Lo siento…

Su pecho se agitó cuando reprimió un nuevo ataque.

Yo me arrodillé a su lado y le toqué la frente. Estaba caliente y húmeda.

–No pidas perdón, tontorrona –la regañé–. ¿Cómo te encuentras?

–Bien…

–No sabes mentir –suspiré.

Había un cántaro de agua junto al lecho, pero estaba vacío.

–Espérame, voy a llenarlo.

–No es necesario…

La ignoré. Melpómene tenía la mala costumbre de disculparse por todo…, algo que, por otra parte, era comprensible.

Mi padre la había comprado en Ampurias durante su primer viaje a Hispania. Por aquel entonces, yo tenía tres años y Melpómene, ocho; papá consideró que una esclava griega no solo me haría compañía, sino que también podría enseñarme su lengua y sus costumbres.

Melpómene y yo habíamos crecido juntas. Éramos ama y esclava…, y también mejores amigas. En ocasiones, yo olvidaba cuál era su lugar dentro de la familia. Para mí, Melpómene formaba parte de mi vida.

–Luego te traeré leche con miel. Espero que te la bebas toda.

–Eres muy buena conmigo, ama.

–No lo hago por ti, sino por mí –mentí–. Quiero que estés totalmente recuperada el día de mi boda.

–¿Has visto a Máximo Escauro últimamente?

–No, la verdad es que no.

Sentí una pizca de culpabilidad al decir aquello. Máximo Escauro era joven, guapo y muy popular; mi matrimonio con él iba a otorgar a mi familia una excelente posición, y mis padres no habían dejado de recordármelo desde que nos comprometimos. Nosotros, los Cassios, no éramos patricios, sino plebeyos, pero las hazañas bélicas de mi padre nos habían hecho alcanzar un estatus envidiable dentro de la aristocracia romana. Mi boda con Máximo iba a culminar ese recorrido, convirtiéndonos en un auténtico linaje patricio… y cumpliendo el sueño de papá y mamá.

Esa idea me ponía un poco nerviosa. Máximo era un buen partido y me gustaba, pero apenas nos conocíamos. Habíamos paseado juntos, nos habíamos besado a escondidas e incluso habíamos hecho… Bueno, esas cosas que se supone que no hay que hacer antes de la boda. Pero yo tenía cuidado: todos los días bebía una infusión de hierbas que me impediría quedarme embarazada hasta después del banquete nupcial, lo cual tranquilizaba mi conciencia.

Después de todo, eso me permitía acercarme a Máximo. Aunque aún no teníamos mucha confianza, nos gustábamos físicamente. Al menos, podía tener esa certeza.

–Estoy deseando que llegue la boda –suspiró Melpómene–. Y verte caminar con un velo blanco y una corona de flores en la mano…

–Pues ya sabes lo que tienes que hacer: recuperarte.

Le aparté los rizos húmedos de la cara y le di de beber.

Entonces recordé algo.

–Por cierto, el capitán Alexis ha estado aquí… y te ha mencionado.

Los ojos azules de Melpómene se abrieron de par en par.

–¿Te ha dado algún mensaje para mí, ama?

Yo me mordí el labio inferior. No, no me había dado nada: a fin de cuentas, yo lo estaba espiando.

–Eh…, no. Solo ha preguntado cómo estabas.

–Oh.

De pronto, mi esclava parecía abatida.

–Esto… Melpómene… –carraspeé–. ¿El capitán y tú tenéis algo así como…, ya sabes, un romance?

Melpómene me miró con cara de asombro. Al cabo de un momento, dejó escapar una risilla nerviosa.

–¡Dioses, no! No es lo que tú piensas, ama. Es solo que…

–¿Sí?

–El capitán encontró… información.

–¿Información?

–Sobre mi padre.

–Oh.

Ese tema era delicado.

Mi padre había comprado a Melpómene sin saber que su padre también estaba siendo subastado en Ampurias. Nos enteramos de eso después, cuando Melpómene ya vivía en Ostia con nosotros. De haberlo sabido antes, mi padre hubiese adquirido al suyo; ningún hombre decente sería capaz de separar a una familia, y papá era el hombre más decente al que yo había conocido. Pero, para cuando quiso volver a Ampurias, el padre de Melpómene ya había sido vendido.

–Al parecer, lo compró un romano que vive en Tarraco –murmuró Melpómene–. El capitán Alexis lo conoció por casualidad cuando estaba vendiéndole garum a su dueño. Se enteró de que era griego y hablaron, una cosa llevó a la otra… y el capitán me mencionó.

Los ojos de mi esclava estaban húmedos. Los míos, también.

–Oh, Melpómene… ¡Eso es maravilloso! Por lo menos, ahora sabes dónde está.

–Yo… le había escrito una carta –suspiró ella, señalando algo que había a sus pies.

Entonces me fijé: junto al lecho había un cálamo, un tintero y un rollo de papiro primorosamente atado con un cordel.

–¡Por Júpiter, mujer! ¿Por qué no me lo has dicho antes? ¡Le hubiese dado tu carta a Alexis!

–Yo no sabía que estaba aquí, ama.

–Es una lástima…

Me interrumpí. Melpómene había cerrado los ojos y lloraba en silencio.

–¡Melpómene! –me alarmé.

–No… No te preocupes, ama… –farfulló ella, secándose la cara con impaciencia–. Es la fiebre, que me pone sensible… Se me pasará, te lo prometo.

Intenté ponerme en su lugar. Yo temía por la vida de mi padre, que iba a luchar contra los celtíberos en Hispania; pero mi padre era un hombre libre, que podría volver a casa cuando la guerra terminara. Un hombre con esposa e hija, y con una excelente reputación.

El padre de Melpómene, en cambio, pertenecía a un tarraconense. Probablemente, nunca volvería a cruzar el Mediterráneo. Ni vería crecer a su hija, ni podría volver a abrazarla… Nunca, nunca jamás…

–Dame tu carta, Melpómene –dije con decisión.

Melpómene abrió los ojos.

–¿Cómo dices, ama…?

–Dame tu carta –repetí–. Voy a llevársela a Alexis.

–Eres muy amable, ama, pero es de noche. Además, no sabes dónde está el capitán…

–La dejaré en el Quimera. Él la encontrará por la mañana… y estoy segura de que no le importará llevarla a su destino.

El Quimera era el barco de Alexis. Supuse que ya estaría atracado en el puerto, con la mercancía cuidadosamente almacenada: el capitán nunca dejaba nada en manos del azar.

–Pero ¿qué dirá tu madre? –musitó Melpómene–. ¡No va a querer que salgas sola a estas horas… y con razón!

–Iré y volveré enseguida. No tiene por qué enterarse.

–Pero…

Sin darle tiempo a protestar, me apoderé del rollo de papiro.

–No soy ninguna niña, Melpómene –dije con calma–. No me delates, ¿está bien? Antes de que te des cuenta, estaré de vuelta sin tu carta y con un buen cuenco de leche caliente con miel.

Le di un beso en la frente y me incorporé. Ella me miraba con una mezcla de gratitud y exasperación.

–Ten cuidado, ama.

–Lo tendré.

Salí sin hacer ruido. Ni siquiera cogí mi mantón: mi túnica era delgada, pero las noches en Ostia eran tibias. Y yo no iba a estar mucho rato fuera.

Aunque no había luna, en el puerto ardían más de cien fuegos. Esperé que ninguno de ellos estuviese demasiado cerca del Quimera.

Decidida, eché a andar por las calles empedradas de Ostia. Y la noche me engulló.


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